LA BODA
Los pasos del novato
Por Oscar Verdín Camacho

Una no tan lejana tarde se juraron amor por siempre y ahora se daban cuenta que sólo eran palabras de libreto, en las que ni siquiera pensaron al repetirlas mientras un sacerdote las decía de frente a un centenar de personas que no quitaban los ojos de la pareja que estaba de pie, del vestido blanco de la novia.
La de Ernesto y Tita fue una boda para contarse pero no mucho. Desde meses antes, los dos se presentaron en cada una de las casas de sus familiares y amigos para invitarlos a la misa y a la posterior fiesta.
Por cierto, al templo religioso no acudió ni la cuarta parte de la gente que fue al salón de baile, y hubo quienes mandaron a sus hijos antes para que les apartaran mesas cerca de la pista.
Ernesto y Tita habían sido novios desde los 15 años, cuando la familia de ella se mudó a la ciudad del otro y coincidieron en el grupo de tercer año de secundaria. Los entonces adolescentes se veían a todas horas, teniendo un noviazgo de los llamados “de manita sudada”, de ir a misa todos los domingos, se sentarse en la plaza para ver volar las palomas, y hasta de besarse siempre de la misma forma,
sin que Ernesto tuviera nunca el arrojo de llevar sus labios al cuello de la muchacha.
Sin embargo, la tarde de la boda corrieron las críticas contra el vestido blanco de Tita, pues había quien contaba la virginidad perdida a manos de Ernesto, lo que se creía una ofensa para el templo, aunque no había forma de probar que eso era cierto.
De hecho, en los distintos momentos en que el sacerdote ofreció el sermón y los asistentes permanecían sentados, era ideal para comentar al de al lado las versiones que corrían sobre la pareja. Nada más faltó que ellos lo supieran porque hubo un monaguillo que se acercó al oído del padre para alertarlo. Y él movió repetidamente la cabeza en sentido negativo, no se sabe si porque no creyó el mitotillo o porque fue una señal de reprobación para todos. A él se le aseguró que Tita ya traía un mes de embarazo.
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La misa religiosa finalizó sin ningún contratiempo. Voló el arroz sobre las cabezas de los novios y en un automóvil con moños blancos y a la pite y pite se dirigieron al salón de fiestas que ya estaba atiborrado de gente. La sonrisa se dibujó en todos cuando ambos arribaron. Los aplausos crecieron. Se formaron filas para ofrecerles regalos envueltos en papel blanco. Un abrazo de por medio y una frase de rutina deseándoles felicidad para siempre.
El sacerdote también había sido invitado y ocupaba un lugar destacado en la mesa de honor. También era saludado. Una mujer solterona que recogía limosnas estaba a su lado y también de ellos se hablaba cualquier cosa. El sacerdote buscaba ser el centro de atención y contaba los matrimonios bendecidos por él en la familia de Ernesto; entre tíos y hermanos sumaban más de 10. Se sabía que sin la sotana el padrecito solía echarse unos tragos.
La música entonó un vals y los novios pasaron a la pista. Los siguieron los padres de Tita; el papá bailó orgullosamente con ella y la señora con su yerno, llevando puesto un vestido con la espalda abierta que mostraba el adiós de su juventud. Después llegaron los papás de Ernesto; la mamá de este lloró recargándose en su pecho. En cambio el señor bailó erguido con la esposa de su hijo.
Todas las parejas les pegaron en sus ropas un billete, con alfiler. El tipo del micrófono invitaba a todos a bailar con los novios.
Cuando un billete caía al suelo, rápidamente corría una hermana de Tita a recogerlo para volverlo a acomodar.
En la boda fue común ver, como en muchas otras, que la gente más adinerada, generalmente coda, llegó a la fiesta cuando la pega de billetes ya había pasado.
Otros, que estando presentes desairaban la invitación, eran señalados toda la noche y los días siguientes, y si se podía, a manera de castigo no se les servía el platillo de la noche, regularmente preparado por alguien de la familia y que al día siguiente era motivo de plática porque a muchos les hizo daño.
La boda de Ernesto y Tita fue entonces una más, realmente sin ninguna gracia distinta, con chismes como en todas, y donde incluso los globos rojos con que se formó un corazón grande, con las iniciales de sus nombres en lo alto del salón, empezaron a caer a mitad de la fiesta para delicia de los niños, igual que en todas las bodas.
La mamá de Tita les propuso que salieran del salón antes de que terminara la fiesta, para que pudieran despedirse de los asistentes y se alejaran con un aplauso que por supuesto fue solicitado por micrófono.
Los billetes pegados durante el vals sirvieron para costear la luna de miel, donde Ernesto supo que había más que una boca por besar.
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De todo ello transcurrieron siete años y el amor jurado para siempre desapareció. Tita había entendido que el amor no sólo lo siente el corazón, sino el cerebro, y ella ya no pensaba en Ernesto. El matrimonio no era lo mismo que el noviazgo.
El distanciamiento se produjo sin que ninguno de los dos supiera cuándo, en qué momento empezó. Simplemente las discusiones aparecieron por nada y por todo. Tita lo culpaba. Ernesto no ganaba dinero suficiente, no tenían carro y rentaban casa. El hijo de seis años era llevado a un colegio particular que los dejaba sin un peso.
A media quincena, Ernesto prefería caminar para ahorrarse el pago del camión.
Así las cosas, una mañana en que el hijo estaba en la escuela, tuvo que suceder lo inevitable.
Tita fue concreta y Ernesto se dejó caer sobre un sillón de la sala. Acomodó sobre sus piernas el portafolio de su trabajo de vendedor de libros y se limpió el sudor de la frente. Tita acababa de decirle que se largara de una vez porque ya no lo quería. Ernesto se quitó el saco -viejo- a que lo obligaba llevar la librería para la que trabajaba y habló como si hubiera preparado las palabras con anticipación:
- Ahora mismo empiezo a dejar de quererte, Tita, no sé cómo porque me voy y ya empiezo a extrañarte. Será un martirio hasta la muerte; seguramente enloqueceré al pensar tu cuerpo amado por otro. Te encargo al niño, me necesitará más en la ausencia...
Y Ernesto se fue. Sin saco y sin portafolio. Únicamente con su vida.
Fue la única ocasión en que Tita lo escuchó hablar así, decidido a encontrar el destino que fuera, como no lo conoció antes.
Tita jamás sabría que esas últimas palabras pero con otros nombres formaban parte de un relato escrito por Ernesto, por una oportunidad de publicación que le dio la librería. Tal vez plasmó su desdicha matrimonial, pero no lo creo porque en la parte superior del relato escribió: “dedicado a Tita”.

   
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