Una no tan lejana tarde se juraron amor por siempre
y ahora se daban cuenta que sólo eran palabras
de libreto, en las que ni siquiera pensaron al repetirlas
mientras un sacerdote las decía de frente
a un centenar de personas que no quitaban los ojos
de la pareja que estaba de pie, del vestido blanco
de la novia.
La de Ernesto y Tita fue una boda para contarse
pero no mucho. Desde meses antes, los dos se presentaron
en cada una de las casas de sus familiares y amigos
para invitarlos a la misa y a la posterior fiesta.
Por cierto, al templo religioso no acudió
ni la cuarta parte de la gente que fue al salón
de baile, y hubo quienes mandaron a sus hijos antes
para que les apartaran mesas cerca de la pista.
Ernesto y Tita habían sido novios desde los
15 años, cuando la familia de ella se mudó
a la ciudad del otro y coincidieron en el grupo
de tercer año de secundaria. Los entonces
adolescentes se veían a todas horas, teniendo
un noviazgo de los llamados “de manita sudada”,
de ir a misa todos los domingos, se sentarse en
la plaza para ver volar las palomas, y hasta de
besarse siempre de la misma forma,
sin que Ernesto tuviera nunca el arrojo de llevar
sus labios al cuello de la muchacha.
Sin embargo, la tarde de la boda corrieron las críticas
contra el vestido blanco de Tita, pues había
quien contaba la virginidad perdida a manos de Ernesto,
lo que se creía una ofensa para el templo,
aunque no había forma de probar que eso era
cierto.
De hecho, en los distintos momentos en que el sacerdote
ofreció el sermón y los asistentes
permanecían sentados, era ideal para comentar
al de al lado las versiones que corrían sobre
la pareja. Nada más faltó que ellos
lo supieran porque hubo un monaguillo que se acercó
al oído del padre para alertarlo. Y él
movió repetidamente la cabeza en sentido
negativo, no se sabe si porque no creyó el
mitotillo o porque fue una señal de reprobación
para todos. A él se le aseguró que
Tita ya traía un mes de embarazo.
****
La misa religiosa finalizó sin ningún
contratiempo. Voló el arroz sobre las cabezas
de los novios y en un automóvil con moños
blancos y a la pite y pite se dirigieron al salón
de fiestas que ya estaba atiborrado de gente. La
sonrisa se dibujó en todos cuando ambos arribaron.
Los aplausos crecieron. Se formaron filas para ofrecerles
regalos envueltos en papel blanco. Un abrazo de
por medio y una frase de rutina deseándoles
felicidad para siempre.
El sacerdote también había sido invitado
y ocupaba un lugar destacado en la mesa de honor.
También era saludado. Una mujer solterona
que recogía limosnas estaba a su lado y también
de ellos se hablaba cualquier cosa. El sacerdote
buscaba ser el centro de atención y contaba
los matrimonios bendecidos por él en la familia
de Ernesto; entre tíos y hermanos sumaban
más de 10. Se sabía que sin la sotana
el padrecito solía echarse unos tragos.
La música entonó un vals y los novios
pasaron a la pista. Los siguieron los padres de
Tita; el papá bailó orgullosamente
con ella y la señora con su yerno, llevando
puesto un vestido con la espalda abierta que mostraba
el adiós de su juventud. Después llegaron
los papás de Ernesto; la mamá de este
lloró recargándose en su pecho. En
cambio el señor bailó erguido con
la esposa de su hijo.
Todas las parejas les pegaron en sus ropas un billete,
con alfiler. El tipo del micrófono invitaba
a todos a bailar con los novios.
Cuando un billete caía al suelo, rápidamente
corría una hermana de Tita a recogerlo para
volverlo a acomodar.
En la boda fue común ver, como en muchas
otras, que la gente más adinerada, generalmente
coda, llegó a la fiesta cuando la pega de
billetes ya había pasado.
Otros, que estando presentes desairaban la invitación,
eran señalados toda la noche y los días
siguientes, y si se podía, a manera de castigo
no se les servía el platillo de la noche,
regularmente preparado por alguien de la familia
y que al día siguiente era motivo de plática
porque a muchos les hizo daño.
La boda de Ernesto y Tita fue entonces una más,
realmente sin ninguna gracia distinta, con chismes
como en todas, y donde incluso los globos rojos
con que se formó un corazón grande,
con las iniciales de sus nombres en lo alto del
salón, empezaron a caer a mitad de la fiesta
para delicia de los niños, igual que en todas
las bodas.
La mamá de Tita les propuso que salieran
del salón antes de que terminara la fiesta,
para que pudieran despedirse de los asistentes y
se alejaran con un aplauso que por supuesto fue
solicitado por micrófono.
Los billetes pegados durante el vals sirvieron para
costear la luna de miel, donde Ernesto supo que
había más que una boca por besar.
*****
De todo ello transcurrieron siete años y
el amor jurado para siempre desapareció.
Tita había entendido que el amor no sólo
lo siente el corazón, sino el cerebro, y
ella ya no pensaba en Ernesto. El matrimonio no
era lo mismo que el noviazgo.
El distanciamiento se produjo sin que ninguno de
los dos supiera cuándo, en qué momento
empezó. Simplemente las discusiones aparecieron
por nada y por todo. Tita lo culpaba. Ernesto no
ganaba dinero suficiente, no tenían carro
y rentaban casa. El hijo de seis años era
llevado a un colegio particular que los dejaba sin
un peso.
A media quincena, Ernesto prefería caminar
para ahorrarse el pago del camión.
Así las cosas, una mañana en que el
hijo estaba en la escuela, tuvo que suceder lo inevitable.
Tita fue concreta y Ernesto se dejó caer
sobre un sillón de la sala. Acomodó
sobre sus piernas el portafolio de su trabajo de
vendedor de libros y se limpió el sudor de
la frente. Tita acababa de decirle que se largara
de una vez porque ya no lo quería. Ernesto
se quitó el saco -viejo- a que lo obligaba
llevar la librería para la que trabajaba
y habló como si hubiera preparado las palabras
con anticipación:
- Ahora mismo empiezo a dejar de quererte, Tita,
no sé cómo porque me voy y ya empiezo
a extrañarte. Será un martirio hasta
la muerte; seguramente enloqueceré al pensar
tu cuerpo amado por otro. Te encargo al niño,
me necesitará más en la ausencia...
Y Ernesto se fue. Sin saco y sin portafolio. Únicamente
con su vida.
Fue la única ocasión en que Tita lo
escuchó hablar así, decidido a encontrar
el destino que fuera, como no lo conoció
antes.
Tita jamás sabría que esas últimas
palabras pero con otros nombres formaban parte de
un relato escrito por Ernesto, por una oportunidad
de publicación que le dio la librería.
Tal vez plasmó su desdicha matrimonial, pero
no lo creo porque en la parte superior del relato
escribió: “dedicado a Tita”.