En virtud de las últimas declaraciones de
nuestro políticamente iconoclasta secretario
de gobernación, sobre la reelección
de alcaldes y legisladores, vale la pena desarrollar
algunas reflexiones.
Sin <<sospechosismo>>, las tendencias
democráticas y federalistas contemporáneas
apuntan a que tarde o temprano han de instaurarse
las reelecciones en nuestro país. Ante éste
panorama, no podemos dejar de resaltar que el fondo
no es la operación, sino los resultados.
A todas luces son visibles los magros frutos de
las políticas públicas, que nutren
la inercia del modelo neoliberal arropando pobreza,
marginación e inequidad, a la vez que las
instituciones se debilitan, producto de falta de
liderazgo y acuerdos, lo cual no es una casualidad,
sino el síntoma de una enfermedad grave.
Esta enfermedad es una de las paradojas de la democracia.
Es debilidad de las instituciones que surge en la
medida en que encontramos la falta de representación
ciudadana en ellas. Es una deslegitimización
del sistema representativo, que aparece cuando nuestros
gobernantes no son avalados por la mayoría,
lo cual es proclive en el marco de un sistema electoral
tripartita tan parejo como el nuestro, donde además
el abstencionismo se equipara a una segunda fuerza
electoral.
Encontramos el ejemplo del gobierno del presidente
Fox, quien arribó al poder contando a su
favor con el 42% de los votantes, estando presente
un abstencionismo del 36% del padrón electoral;
y aunque en la democracia como la conocemos, representó
el mandato popular, la realidad es que aunque ese
porcentaje de votantes lo apoyaba, el resto, que
era la mayoría, no lo hizo, es decir, llega
al poder avalado y legitimado por la primera minoría,
o la mayoría relativa, que en realidad no
deja de ser una minoría.
La democracia, no es el peor ni tampoco el mejor
de los sistemas, pero es el que conocemos. Saramago
mencionó que "la democracia es como
Dios..."; Yo diré que aunque no es la
"lámpara de Aladino", es una deontología;
es utópica en la práctica, y nos lleva
a la policracia. Sin embargo, al ser éste
el sistema en que nos encontramos inmersos, debemos
entonces, planificada y escalonadamente, desarrollar
los pasos que nos lleven no sólo a fortalecerla,
sino que nos posibiliten obtener resultados en pos
del interés público, y aunque la reelección
legislativa y la de los ayuntamientos segúramente
acarrearía resultados positivos, sólo
podrían darse en un marco de gobernanza contundente
y sólida.
Es entonces que considero que antes de pensar en
una reelección, sería pertinente consolidar
un régimen legítimo de representación,
que sólo se puede dar mediante una mayoría
absoluta, lo cual se aseguraría mediante
las segundas vueltas electorales.
Las segundas vueltas electorales, una institución
paradigmática del derecho electoral francés,
no es algo inédito en México; existe
la experiencia en al menos un municipio de San Luis
Potosí, que dadas algunas peculiaridades
locales, se procedió a instrumentarla, con
resultados positivos.
La segunda vuelta electoral exige acuerdos, fomenta
la credibilidad, la estabilidad económica,
social y política, y responde a una cultura
política y cívica de pueblos educados,
comprometidos y preocupados por el futuro de su
país, su futuro.
Evitemos estados erráticos; demos pasos ciertos.
Las reformas electorales en puerta son prioritarias,
pero con un enfoque holístico. Antes de pensar
en reelección o en voto desde el extranjero,
se requiere certidumbre en el sistema.
¿Por qué no pensar en las reformas
electorales como la puerta para las reformas estructurales
que el país necesita? Es viable.
gongoram@yahoo.com
* Doctorando en Administración PúblicaUniversidad
Anáhuac